Un viernes de parque

Un viernes de parque

Horacio KielLos asturianos están locos. O al menos el que me contó esta historia sí lo estaba, créame. Yo tendría unos treinta años cuando cierto viernes de vacaciones me disponía a experimentar la montaña rusa de un parque de diversiones de Argentina. El sujeto que se sentó a mi lado estaba algo pasado de peso, así que la barra de seguridad no me quedaba suficientemente ajustada y por eso entablé una conversación con él para apaciguar los nervios que me provocaban la sugestiva idea de salir volando en algún momento del recorrido.

Me dijo que era de Asturias pero no tenía acento. Cuando tomamos la pendiente más diabólica y mientras los intestinos se nos revolvían a más de doscientos kilómetros por hora le espeté:

– ¿Subiste al «Terminator»?

A lo que respondió algo asombrado que no, que no lo había hecho. Entonces me armé de coraje y sentencié con contundencia:

– ¡Esto no es nada en comparación!

– ¿En serio? -me decía muy sorprendido.

Por suerte la barrera me contuvo y cuando bajamos me dijo algo que me inquietó hasta hacerme enarcar ligeramente las cejas, cosa no muy común para mi carácter analítico.

– Si quiere le cuento lo que me pasó una vez en Islandia y seguro el «Terminator» quedará en el olvido.

Evidentemente era para mí imposible evadir tal propuesta, así que fuimos por unas papas y mientras comíamos me hizo la historia que sigue:

Como te decía, estaba en Islandia de paseo con unos amigos y fuimos a ver unos géiseres espectaculares que tanto impresionaron al gran Bobby Fischer cuando fue a jugar el match contra Spassky. En un momento me alejé del grupo para acercarme a uno de los géiseres pues quería verlo más de cerca. Al llegar al borde del cráter estaba fascinado, absorto en ese espectáculo pasé unos minutos inmóvil. Casi me había olvidado del mundo cuando uno de mis amigos me tocó el hombro con algo de fuerza y me llamó por mi nombre, cosa que me sobresaltó al punto que tropecé con una roca y caí por el abismo al vacío. Estaba seguro de mi muerte inminente. Seguí cayendo en un estado de lividez que me apaciguó hasta el momento definitivo del impacto. En el momento del esperado y mortal choque desperté como de un sueño, aún incrédulo de no sentir el impacto. Digo como de un sueño, pero jamás estuve dormido, solo que si estaba vivo y con plena conciencia luego de ese episodio, mi mente sólo podía entender que todo lo anterior debía ser un sueño. Estaba en el piso de una habitación. Tomé mi celular y allí estaban las fotos que acababa de sacar en Islandia. Es algo tan increíble, tan impensable, que jamás me atreví a compartirlo con nadie. Pero por alguna razón imaginé que tú sí podrías creerme. Me incorporé rápidamente y para mi mayor sorpresa un aborigen vino a mi encuentro diciendo:

– Por aquí, por aquí. Pase. No esté incómodo, la mugre acumulada es solo parte del encanto de esta nación.

No sabía que pensar pues parecía muy natural vivir en la suciedad para esa extraña gente. Creo que de poder ver también sus pensamientos encontraría la misma pestilencia. De hecho, cuando una mujer se puso perfume, creo por motivo de mi llegada, fue peor, pues era igual a ver una rata perfumada.

– ¿No quiere un poco de excremento con el té? -dijo.

– No.

– Bueno, cuestión de gustos.

– Claro.

– O sea que usted no come mierda.

– No.

– Está bien, es su derecho.

– Seguro. ¿Les incomoda que no lo haga?

– No, no, no -intervino el aborigen-. Para nada. Usted es usted y yo soy yo…

– ¿En serio? No lo hubiera notado si no me lo aclara.

– Sí; es que es así. Cada uno es cada uno, ¿no?

– Qué profundo. Jamás se me ocurrió pensar en que lo que yo digo es lo que justamente yo mismo pienso. Qué increíble. Le agradezco por su enseñanza, pero ahora tengo que volver a mi casa.

– Hasta luego.

– Chau.

Finalmente pude evadirme del aborigen y su filosofía junto a todo el excremento de la habitación, pero no podía librarme de ese putrefacto lugar, así que sólo podía seguir caminando. Saqué otra vez mi celular, este mismo que ve ahora, y llamé a Antonio para avisarle lo ocurrido y que estaba ileso. Entonces, para mi ya desgastado sistema nervioso no vas a creer lo que me cuenta el mismo Antonio, y es que al pensarme muerto y creerse el único culpable por tal situación, no vio más alternativa que arrojarse él también al géiser para no lidiar con su afectada conciencia. Entonces me dijo que apareció en la ciudad de Buenos Aires y es por eso que vine aquí ya hace cinco años, y la gente me ha encantado tanto que jamás pensé en volver a Asturias.

– ¿Y a qué se dedica? -le pregunté.

– Soy ginecólogo.

– Ah, eso sí que no se lo creo.

Horacio Kiel
(Abril de 2019)

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