Un caso singular

UN CASO SINGULAR

Horacio KielEl sargento P… trabajó como detective durante veinte años, pero cuando cierta carta cayó en sus manos en su despacho, él mismo me confesó, no supo qué hacer.
Estaba firmada según me dijo por un tal señor G… pero nunca confirmó su identidad. Cuando me contaba la temática de la carta yo no podía sino burlarme por las cosas inverosímiles que me decía, al tiempo que me explicaba que era la forma en que estaba escrita lo que le daba la extraordinaria verosimilitud a este extraño caso. Como sucediera que el tema de la carta y su contenido se volvió recurrente y ya comenzaba a hartarme, accedí a leerla, puesto que el detective P… me aseguraba que al hacerlo creería en gran parte de las cosas de las que hasta entonces me había burlado.

Antes de hacerlo me comentó algunos detalles, sin los cuales me dijo, no entendería muy bien la intrigante misiva. Al parecer fue escrita por un miembro de un movimiento cultural o de alguna otra clase, quien afirmaba -por motivos que explica en el escrito- que el conocido señor D… no existe y que -sí, sé que es inverosímil- el mismo es -y esto es lo más increíble- una invención del movimiento cultural que lleva su -y en esto que sigue es en lo único que concuerdo- impronunciable nombre. Quiero que el lector entienda que si accedí a leer la carta del señor G… fue para poner fin a las absurdas discusiones con mi amigo, el sargento P…, quien siempre se había mostrado como un hombre racional, hasta la aparición de esa condenada carta. Por otro lado, también consideré la posibilidad de ayudarlo a dejar este absurdo tema de la no-existencia del tan renombrado señor D…, una cuestión cuya sola mención me eriza la piel por lo irracional que suena.

Me dijo además que el autor de la carta debe ser sin duda un hombre muy inteligente y de ninguna forma un trastornado ni hombre de hacer bromas acerca de algo tan serio, y que cada día lograba ver con más claridad el modo de pensar del señor G… y no había forma -según el detective P…- sin atentar contra la lógica, de contradecirlo en lo más mínimo. “Su lógica -me decía-, su lógica resulta implacable y me ha hecho ver un mundo oculto hasta para el observador más avezado. Créame, las cosas nunca son lo que parecen… Los humanos siempre apreciamos la forma, pero ¿miramos el contenido con el mismo detenimiento?”.

La verdad, me sorprendió lo metafísico de su comentario y no llegaba a entender de qué manera esa carta había transformado a mi amigo hasta tal extremo. Estaba harto del asunto, así que al fin, cuando llegué a mi casa me arrojé en el sillón y leí la carta, que decía lo siguiente (permítame el lector me reserve mis opiniones sobre ella, pero sí le recomiendo, en especial si usted se reconoce sugestionable, se abstenga de leerla):

Montevideo – Uruguay 12/07/2006

Detective P…
“Quiero demostrar que D… -si usted se atreve a pronunciarlo, téngase en alta estima como hombre de letras, pues yo mismo, aun habiendo escrito una enciclopedia de chico, no me atrevo- no existe. Quiero decir que es un personaje ficticio, un invento producto de la imaginación de los integrantes del movimiento que lleva su enigmático e impronunciable nombre. Sé que el lector se verá renuente a tomar lo que llevo diciendo literalmente, y sé también que creerá que es sólo un recurso del que me valgo para decir algo; pero debe creerme, no es así. Sé también que lectores de dentro y fuera del movimiento estarán pensando ahora mismo que soy un paranoico, y si bien no niego que tienen sus razones, les demostraré que si alguien está loco, no soy yo. Vaya un ejemplo para que me entiendan: yo soy parte del Movimiento… digámosle «Duchamp» para que al menos lo podamos pronunciar; sin embargo jamás lo he visto. A mí, por ejemplo, el lector puede escribirme y concertar una cita para cerciorarse de mi existencia, y la gente del movimiento me ha visto; pero al señor «Duchamp» nadie lo ha visto jamás. Eso sí, nos aseguran que existe. En todo caso, si existe, es un cobarde porque no da la cara. A mí me dicen que Duchamp existe pero no me lo muestran, ¿a usted no le haría sospechar? Por otra parte, en el caso de que exista, debe vivir en un sótano sin hacer nada y cuando sale a pasear por 18 de Julio puede que agarre y pida que le hagan un monumento en la Plaza Fabini solo por decir: «soy Duchamp». Esto es realmente inverosímil, y dado que soy el único integrante del movimiento que no ha caído en la credulidad me siento obligado con el lector a contar la verdad, aún a riesgo de mi propia vida. También he pensado que es curioso que varios filólogos y lingüistas hayan tratado infructuosamente de descifrar la pronunciación de tan estrafalario apellido, y empero yo mismo, que no tengo dificultad para leer jeroglíficos, aún no puedo pronunciarlo. La única posibilidad que nos queda es que «Duchamp» no sea de este planeta -sí, sé cómo suena-, que sea un infiltrado, un alienígena que vino para espiarnos. ¿Creen que estoy loco? Pues díganme entonces que el apellido D… le parece terrícola. Está bien, no me crea; tal vez incluso piense que le estoy gastando una broma, pero si algo me sucede ya saben quién es el responsable. La gente que me conoce sabe bien que yo no juego con estas cosas y que llevaré esto hasta las últimas consecuencias. ¿Quién creen que fue el hombre que indujo en tiempos de Moisés a los hebreos a adorar un becerro de oro? ¿Quién le dijo a Aarón: «adoren a este becerro de oro para adorarme», y luego se fue y no volvió más? ¡DUCHAMP! ¿¡NO ES EVIDENTE!? Y vos, «Duchamp», si lees esto, sos un cobarde, ¿te quedó claro? Por tu culpa los hebreos cayeron en la idolatría al igual que ahora los del -exceptuándome a mí- alucinan con un tal D… que no existe, ni jamás existió. Y yo me pregunto: ¿Hasta cuándo? ¿Cuándo vas a parar con esta mentira? ¿Tengo que admitir la existencia de «Duchamp» sin que me sea dada ni una evidencia? El lector podrá dar crédito a mi visión de las cosas o no, pero déjenme decirles que si aceptan la existencia de «Duchamp» a priori equivale a volver a la idolatría más arcaica.”

Pablo G…

Tengo que confesarle que ahora que vuelvo a leer la carta que aquí os dejo, vino a mí el recuerdo -y no tengo idea por qué- de ciertas organizaciones en las que he trabajado y que llevaban todas ellas el nombre de alguna personalidad, que a decir verdad, nunca tuve el honor de conocer, y pensándolo bien, ni siquiera he visto…

FIN

Horacio Kiel
(Octubre de 2013)

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