Los Andersson

Los Andersson

Horacio KielCuando le pregunté al señor Andersson por el hombre de la capa roja que vi salir de su casa la otra noche, no me esperé una historia tan inverosímil. Dicen que los Andersson son muy opulentos. Ostentosos suelen decir a veces cuando se juntan a echar tierra encima a cualquiera que sea diferente en cualquier sentido del término. Es que en algunas ciudades no hace falta estar muerto para que lo entierren a uno. Claro que si uno analizara la fuente, se encontrará con que los distinguidos difamadores son gente bastante despreciable con el código moral de una sanguijuela y las costumbres de una eminente rata de cañería. Pero son muchos, así que deben tener razón.

Personalmente no conozco a los Andersson más que cualquie14r otro por aquí, pero intuyo que el hecho de que vivan en un palacio y tengan buenos modales no les hace muy buena fama en este lugar. Pero bien, la cuestión es que mientras celebraban su quinto aniversario recibieron una extraña visita.

– Con permiso. -dijo el visitante con mucha suavidad–. Si no es mucha molestia me gustaría ser parte de la celebración por un rato, y además les traigo un obsequio. Quiero que sepan que de donde vengo todos os profesan una gran admiración.

– Pero si es el… -comenzó a decir Elisa.

– Sí, querida, no te inquietes, seguro no hay otra casa que tenga la amabilidad de recibirle. -interrumpió el señor Andersson.

– Usted me lee la mente, fíjese que de donde vengo la vida no vale mucho, pero aquí… aquí es simplemente una alienación.  -sentenció el visitante.

– Siéntese un momento -indicó Andersson-. Usted es como un ángel aquí, y pensar que le han hecho una fama terrible tal vez proyectando sus propias inclinaciones. A nosotros igual.

– ¡No! -se sorprendió el caballero de la capa roja-. ¿A ustedes? Pero si son unas personas maravillosas, y ni que hablar de todo lo que han hecho por este horrendo lugar. Lo han transformado en un mundo ideal, casi mágico.

– Lo sé, lo sé. Pero ya no importa, a usted lo han dejado sin trabajo, al punto que aquí se encuentra, con los Andesson. Ja, ja.

– Eso fue un golpe bajo, sí. Pero tiene razón, ¿cómo atormentar a seres sin conciencia ni alma ni atisbo de razón? Hay colegas en el séptimo infierno que ya se sienten purificados con solo ver una muestra de aborígenes de esta condenada zona. ¿Cómo se le ocurre poner su mansión mágica justo en este agujero olvidado?

– Creo que se llama estrategia -dijo Andersson-. En fin, qué importa, ya todos sabemos cómo termina.

– Los ángeles salen del infierno.

– En ambos sentidos debe ser cierto. La luz es el velo de su Luz y su evidencia es la esencia de su ocultamiento, todo lo que rebasa su límite se manifiesta invertido. Es la consecuencia inevitable de pasar el zenit. Y hablando de zenit…

– Sí, ya sé… -dijo el invitado bajando la vista algo sonrojado-. Es hora de irme. Sólo quería felicitarlos por haber sobrevivido a esta pestilencia por cinco años. Les deseo lo mejor, pues tiempos mejores vienen para todos, excepto claro, para… ja, ja, ya saben, je je. Mucho trabajo tendremos allá abajo pronto, pero ahora al menos tenemos un consuelo al saber que en cierta perspectiva no somos tan malos como creíamos, digo, no como… esto.

– Sí, lo entiendo, es difícil encontrar una definición exacta y que no suene hiriente. Buenas noches.

– Adiós.

– ¡Espere! -dijo Elisa reteniendo al príncipe-. Creí que había dicho que nos traía un obsequio.

– ¡Oh!, sí. Aquí está -dijo y extrajo un paquete de su saco negro-. Tome.

– ¡Pero si es Cenicienta! -exclamó sorprendida-. ¿Usted con una muñeca de Cenicienta?

– Ya le dije, todos nos volvimos creyentes desde que vimos a la especie humana rebajarse al nivel de insectos asquerosos, y todo por su propia voluntad. Sin nuestra ayuda. Ahora todos nosotros creemos en el Bien y en la Luz. ¡Todo menos esto! No existe infierno peor que un mundo que no aprecie la virtud, que se comunica con veinte palabras de un dialecto incomprensible. Cuando bajen tal vez muchos de nosotros logremos subir en paz, ¿no lo cree?

Elisa se sorprendió mucho por la idea, pero atinó a responder con calma:

– Si ese es vuestro deseo, que así sea.

– Amén, dijo el príncipe al retirarse como haría un distinguido caballero.

Elisa extendió su mano con la pequeña Cenicienta hacia su esposo con un ritmo atemporal, mágico, sublime. Él la tomó como si fuera de cristal, la observó y se dirigió a la mesa para colocarla en el centro.

– En el fondo es un sentimental -dijo.

– Si lo comparamos con los aborígenes… -pensó Elisa en voz alta, cuando entraba justo su madre, Clarice, que traía la comida para la noche.

Parecía algo trastornada y al dejar la bolsa en la cocina no pudo contenerse y dijo:

– Cuando venía para acá me crucé con un hombre de lo más extraño, es que parecía el…

– El Demonio, sí -dijo Andersson-. Creo que el infierno ya no le parece muy maligno cuando lo compara con este lugar, así que vino a obsequiarnos una muñeca, esa que está en la mesa. Dice que están cerrando el infierno porque ahora son los demonios los que serán castigados enviándolos aquí y no al revés. En fin, no importa, ya sabemos cómo acaba la historia. Siempre es igual.

– Sí -dijo Clarice-, supongo que sí. Así que amenaza a los del inframundo con enviarlos aquí para que cambien su camino, y así el mal se transforme en Bien. Interesante inversión, me pregunto de quién habrá sido la idea.

– No sé, pero debe ser un genio -dijo el señor Andersson.

Al finalizar su minucioso relato, el señor Andersson se fue rápidamente, pues parece que nuestra conversación lo había retrasado.

Me quedé bastante alterado, sin saber ya muy bien qué es arriba y qué abajo, pues si algo de esa historia era cierto podría ser el caso que esté viendo solo el negativo de una foto, cuyos colores podrían encontrarse en otra parte, en otro mundo. Tal vez los Andersson viven con su mente en ese otro lado y no están determinados por la realidad que ven sus ojos cuando saben que pueden crear en libertad, sobre todo si no comparten las costumbres de esta región, que en definitiva constituye solo el cero coma cero uno por ciento del mundo visible, siendo que el noventa y seis por ciento es materia oscura. Pero esto ya es demasiado tiempo sin mirar el celular y si alguien se entera de que no he pensado de forma convencional durante mucho tiempo me expulsarán, como a los Andersson.

Horacio Kiel
(Enero de 2019)

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