369

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Horacio KielEn la dimensión en que nací tienen una palabra para designar a todos los seres que viven en mundos con planetas cuyas leyes físicas son bastante anticuadas. Les dicen granjeros. Es un término que usan de forma despectiva para referirse a civilizaciones antiguas y obsoletas en varios sentidos.

También usan un término bastante ofensivo para referirse a los de mi tipo, los exploradores e inspectores galácticos que custodian el flujo entre dimensiones. Nos llaman imbéciles.

Es comprensible, dado que el turismo interdimensional te somete a riesgos y situaciones horribles, aunque no deje de ser emocionante y algo divertido. Claro que en mi dimensión, la 369 dentro del vector R/sección H8, no existen los sentimientos, y el calificativo imbécil no se toma como un agravio personal, sino una valoración objetiva dada las circunstancias. En otras palabras, es una variable más, como cualquier otra. Incluso yo, luego de los logros obtenidos en las misiones del Consejo, no podría considerarme así, pero cuando lo veo desde la óptica 369, siempre estoy de acuerdo, soy un imbécil.

En esto pensaba cuando recorría una sección de un mundo en una pequeña galaxia cercana a Andrómeda. Había tenido algunos inconvenientes, y pasaba por una zona cuyas edificaciones no me causaban una buena sensación.

No sé realmente qué fue, si la ornamentación del lugar, o la mala disposición de las plantas en el maltrecho jardín; lo cierto es que no me inspiró confianza.

Granjeros, pensé, sólo son unos estúpidos granjeros que nada saben sobre cómo alimentar a un pájaro metálico, si nunca han visto uno quizás.

Realmente no sacaría nada enojándome, así que me dirigí con la poca simpatía que me quedaba hacia una joven, la cual, cuan avestruz, tenía la cabeza metida en un balde rojo, y eso a pesar de tener las piernas estiradas, lo que me hizo pensar que debía ser muy flexible seguramente por practicar algún tipo de deporte.

– Disculpe -dije-, no quiero molestarla, pero ¿sabe acaso dónde puedo conseguir veneno para alimentar a este pájaro de metal para así poder irme de aquí? Hace horas que busco una tienda y nadie responde a mis preguntas.

Esperé unos segundos, hasta que, sin siquiera sacar la cabeza del balde me hizo señas en una dirección. Realmente no sabía si me estaba orientando o lo hacía sólo para ahuyentarme.  Como no tenía otra alternativa, seguí su indicación.

El pájaro metálico medía tan sólo unos diez centímetros y sus ojos contaban con una pantalla táctil, así que era fácil de transportar. Al viajar tantos meses sin detenerme en ningún sitio, pues nada llamaba mi atención, olvidé recargarlo y ahora me encontraba en esta extraña y frustrante situación.

Cabe aclarar en este punto, para los lectores que no conocen los viajes interdimensionales, que el pájaro no es quien me transporta, sino que a través de él llamo algo así como un taxi interestelar que viene por mí en el acto y me traslada a cualquier espacio, tiempo o constelación que me apetezca. Es un objeto invaluable, pero no requiere seguridad para su custodia ya que en los lugares que desconocen su naturaleza no le encuentran ningún valor, y en aquellos en que sí lo saben desconocen lo que significa la propiedad privativa de algo, la competencia y el negocio, por tanto no desean la propiedad ajena ya que disponen de todo lo que necesitan.

Bien, volviendo a la historia, resulta que luego de caminar unos cuantos minutos en la dirección que el avestruz con forma humana me señaló antes, me encontré con un establecimiento comercial cuyo nombre era Muéranse Pronto. Realmente lo encontré muy divertido, así que entré optimista para ver si tenían el combustible para mi pájaro.

El hombre del mostrador dejó de cortarse las uñas cuando me vio y me observó con curiosidad.

– ¿En qué puedo ayudarlo? -me interrogó.

– ¿Tienen veneno?

– Por supuesto. ¿No vio el cartel de la puerta? ¿No me diga que piensa suicidarse hoy mismo?

– Bueno, no, no es esa mi idea. ¿Cuánto cuesta el producto?

El hombre pareció algo decepcionado, así que bajó la vista un par de segundos y luego dijo:

– Ya que no es para matarse, son treinta pesos, de lo contrario, digo si usted se mata aquí mismo, le hago un treinta por ciento.

– Pagaré los treinta pesos -dije.

– Bien, ya se lo traigo, espéreme aquí un segundo.

– Ok -le dije, y me puse a ver las revistas del mostrador. En una de ellas se veía a una monja colgada de un árbol, y una leyenda en letras rojas decía: “Así no, use veneno PÚDRASE! y mátese con estilo”. Tenía que reconocer que era un planeta de lo más extraño, pero tan original que realmente me daba un poco de pena irme tan pronto.

Al parecer, en el pasado las cadenas noticiosas hacían que los llamados periodistas bailaran durante un mes entero arriba de algún cadáver que hubiera sufrido una muerte especialmente violenta, hasta que la población perdió toda sensibilidad al respecto, y ahora la muerte se usaba como estrategia de marketing comercial. Por fin llegó el hombre con mi veneno. Lo depositó en el mostrador de mala gana y yo deslicé los treinta pesos en monedas hasta unos quince centímetros de su pulgar.

Cargué rápido al pájaro de metal, digité las coordenadas y en sólo dos segundos estaba en frente a la puerta del local mi confortable transporte. El aborigen quedó boquiabierto.

Cuando por fin llegué a casa, aterricé sobre un pastizal repleto de hermosas flores de diferentes colores y combinaciones, y en un lago algo verdoso varios gansos nadaban artísticamente. Me recosté en un árbol cuando un pleyadiano que justo pasaba por allí me preguntó:

– ¿Dónde has estado?

– Recordando a donde pertenezco -dije, y seguí contemplando la fila de gansos.

Horacio Kiel
(14 de enero de 2020)

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