El tío Unzicker

El tío Unzicker

Horacio KielPasé una estancia en lo de mi tío Unzicker, en Londres, para escapar del tumulto de la ciudad. Más precisamente en el 57 de Reverdy Road, un lugar tranquilo y apartado. Mi tío, Albert Unzicker, falleció hace un año y me encontré con la sorpresiva noticia de que me heredó su antigua casa de Bermondsey, a pesar de no verlo desde hacía unos diez años, en una cena de fin de año, la última que recuerdo.

Al llegar a Londres me encontré con el señor Fort, abogado de mi tío, que me facilitó la llave y las escrituras de mi nueva adquisición. El señor Fort era un hombre severo, pelo corto y bigote negro bien recortado. Su mirada no le permitía a uno saber si estaba encantado de conocerlo o si planeaba matarlo de un momento a otro. Parecía el dueño de Inglaterra y yo apenas me hacía amo de una vieja casa, y hasta eso me parecía demasiado. Nos despedimos y se fue con cierto hastío mientras yo miraba la llave dorada por unos instantes, cuando salí casi trotando hacia mi nueva residencia.

No estaba realmente ansioso por llegar. Estaba absolutamente desesperado. Creo que casi corrí por el sendero de piedra de la entrada, y no me sorprendí con la densa y descuidada vegetación que me escoltaba a ambos lados. Colocar la llave en la cerradura fue como un acto ritual que contrajo el tiempo hasta detenerlo por un momento, y el chasquido que hizo al girar fue, aunque parezca exagerado decirlo, una explosión de adrenalina que debo atribuir al desconcierto de la conciencia que es echa a un lado por motivos que la razón no entiende.

Mis zapatos hicieron un eco satisfactorio al entrar. La sala de estar no me sedujo así que fui directamente a atacar la escalera caracol con tanta seguridad que se diría que alguien me esperaba arriba.

¡Uf! Realmente me sentía un intruso en esa casa. Los vitrales me atacaban con su solemne belleza y por momentos no sabía qué estaba haciendo en ese lugar. Entré a la única habitación cuya puerta permanecía abierta justo al lado de un retrato de Quevedo. Una estatua de la diosa Ceres miraba hacia un recorte de diario antiguo que aguardaba mi llegada al parecer en el escritorio junto a un libro abierto según me fijé en las páginas 118 y 119, el cual, si bien presentaba páginas algo amarillentas, sería probablemente un siglo más joven que el diario. Mi francés es algo más primitivo que mi inglés, que hablo con cierto acento de Texas según me han dicho algunos allegados, así que al sentarme enfoqué la lámpara de mesa sobre el periódico, que correspondía al London Times de 1872. Allí leí lo siguiente: “En la tarde del jueves 27 de abril, desde las cuatro hasta las siete y media, las casas del 56 y 58 de Reverdy Road, en Bermondsey, fueron bombardeadas por piedras y otros proyectiles de origen desconocido. Dos niños resultaron heridos, todas las ventanas rotas, y varios enseres domésticos completamente destruidos. Pese a que hubo una fuerte concentración de policías, nadie pudo determinar desde qué dirección habían sido lanzadas las piedras”.

La noche ya había caído, y un viento sórdido que se oía afuera creaba una atmósfera de seductor misterio que me alejaba de la realidad. El viento soplaba más fuerte por momentos, casi como un ser enorme modulando su impresionante voz. El letargo se apoderó de mí, así que me dirigí a la habitación de huéspedes para dormir, pues no quería usar la cama de mi tío. El otro texto era muy técnico para poder traducirlo correctamente así que al día siguiente iría a ver a un vecino de Unzicker para que me ayude.

La cama era tan cómoda que no logré siquiera cubrirme con la manta y me desmayé de sueño. Siete horas después desperté abruptamente y una pregunta incómoda me golpeó en el rostro: ¿soy un turista? No, fue mi respuesta, definitivamente no lo soy. Pero ¿cómo convencerme de eso si no he venido a trabajar ni por ninguna otra razón que pueda explicar?

El baño era tan opresivo para mí que tuve que bañarme con la puerta abierta. Luego, el patio trasero en una hermosa mañana casi me estrangula como una boa constrictor. ¿Era realmente un obsequio o una maldición esta herencia del tío Unzicker? Aún así me gustaba, buscaba un sitio apartado. Este era uno.

El gran Dorfmann era un lingüista experto y posiblemente el único inglés que hablaba español con el acento correcto. Se lo tomaba muy en serio. Tuve que confesarle mi completo desconcierto y excusarme por molestarlo a las ocho treinta, lo cual no pareció alterarlo demasiado. Me tradujo las páginas del libro por escrito al español y luego me invitó a cenar con su esposa e hija esa misma noche, lo cual acepté. Más allá de la amabilidad de su trato, debo decir que su rostro llegaba a parecer una navaja muy afilada mientras leía el libro de mi tío.

La habitación principal de Unzicker estaba bien iluminada, así que al volver me senté en el sillón del centro y traté de descifrar los jeroglíficos del señor Dorfmann. Era un libro de un tal Max Thot del año 1974, y decía lo siguiente: “Cuando un sistema se encuentra en equilibrio perfecto, no es posible que aparezca en el seno del mismo ninguna acción. En la naturaleza, una de las finalidades primarias de la asimetría es crear las condiciones necesarias para que se produzca el movimiento. De acuerdo con Kozyrev, el tiempo tiene la propiedad de disminuir la entropía de un sistema; no obstante, la acción del tiempo sobre un sistema es tan tenue que no puede detectarse dentro de los órdenes de magnitud que nos son familiares en física. Cuando la acción del tiempo sobre un sistema resulta sensible, los científicos lo atribuyen a una anomalía del sistema. Flujo de tiempo y bioplasma no son sino términos distintos utilizados para describir la misma fuerza misteriosa que es responsable de la creación y subsistencia de todos los sistemas materiales. Según Kozyrev, el bioplasma tiene la propiedad de aumentar la energía de un sistema, pero no puede modificar el momento del mismo”.

Bioplasma, energía, momento, resumí mentalmente. ¿En qué estaría metido mi tío antes de morir? ¿Por qué un suceso ocurrido en 1872 en este lugar le preocuparía tanto y sobre todo cómo lo relaciona con esta teoría física de Kozyrev? Creo que aún sin ser especialmente supersticioso lo mejor podría haber sido vender la casa y volver a América, o incluso quedarme en Europa y conocer España, tal vez el famoso lago Sanabria que supo inspirar a tantos poetas en el pasado. Sin embargo eso llevaría tiempo, y durante el mismo no podría evitar sentir que una lluvia de piedras iba a caer sobre mí con un estruendo que helaría mi sangre y me haría entrar en shock. Y solo pensar en que esa pesadilla aparentemente duró más de tres horas, no logro entender cómo pudieron soportarlo. ¡Tres horas!

Puse la vieja casa de Unzicker a la venta y me entretuve estudiando partidas de ajedrez que encontré en la biblioteca, pues era él hijo de un gran maestro de ajedrez que hasta había enfrentado a Petrosian en varias ocasiones, así alejé los pensamientos que me perturbaban, aunque no todos. A veces pensaba en el bioplasma y su capacidad de aumentar la energía como si fuera la lluvia de proyectiles de toda clase cayendo sobre la casa del señor Dorfmann, en un momento específico que resulta azaroso e imprevisible. Tenía la absoluta seguridad a veces de que esta vez la catástrofe caería en la casa de Unzicker, o sea, mi casa. Llegué a hacer hipótesis ridículas como sumar los números del año en que ocurrió el incidente: 1 + 8 + 7 + 2 lo que da 18, que es el año actual. Y si sumo a su vez 1 + 8 me arroja el mes de setiembre (9). Por último, cuando tocaron la puerta ese jueves de setiembre eran las nueve (1 + 8) y nueve minutos (7+2). Justo al estrechar la mano del agente inmobiliario que traía a un comprador para mi casa, sentimos un horrible estruendo que hizo que el comprador atinara a agacharse bruscamente y el hombre de la inmobiliaria se agazapó como un lobo que olfatea el peligro de un potencial enemigo detrás de sí. Una lluvia de piedras de unos diez centímetros caía sobre las casas del 56 y 58, destruyendo todo lo que tocaban con una furia indescriptible. Pude oír a la hija de Dorfmann emitir un chillido de horror que me paralizó todo un minuto, aunque al menos sabía que estaba viva. Entramos rápido a la casa de mi tío y mientras llamaba a los bomberos, los dos hombres se sentaron en el sillón respondiendo a mi señal, pues nada había que pudiéramos hacer.

Finalmente estaba aclimatándome a la casa del tío Unzicker, pero el comprador no se dejó intimidar por lo que acababa de ver así que firmamos los documentos y ahora me encuentro aquí en Gijón, un pequeño pueblo de Asturias, aún tratando de acostumbrarme a la tranquilidad con la ayuda de un nuevo amigo, con quien analizo partidas de ajedrez y trato de pasear a veces por la playa de San Lorenzo, eso sí, ya sin una lluvia de piedras en mis pensamientos.

Como diría Píndaro, la costumbre es reina de todas las cosas. Y a veces hasta sobre aquellas que llamamos paranormales.

Horacio Kiel
(Septiembre de 2018)

1 Comentario

  1. Mariela Alejandre

    Lo leí mi querido amigo

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