Confirmación

Confirmación

Horacio Kiel

“La experiencia más hermosa que se puede tener es la de lo misterioso. Es la emoción fundamental que está en la raíz del verdadero arte, y de la verdadera ciencia.”
Albert Einstein

El sujeto en cuestión hablaba. ¿Cómo era el sujeto? No sabría dar una descripción que lo presente tal cual es, mejor dejar que su discursiva descubra el velo de su inexistente encanto.

Yo estaba sentado entre la comadreja y el enajenado, mientras el pedante se empecinaba en explicarme cómo escribir un cuento. Esto es lo que podríamos llamar una breve -o brevísima- descripción de la escena, que realmente yo no usaría como postal de navidad, y aún diría que es demasiado espeluznante para un film de terror. Como habrán descubierto sin duda, no incluí al que he dado a conocer hasta ahora como “el sujeto” o “el sujeto en cuestión” para los puntillistas -o gente molesta-, y es que es ésa una tarea en extremo dificultosa y usted deberá ayudarme en lo posible.

Para empezar diré que cuando el sujeto me dijo que fue mochilero durante toda su vida ya me veía escribiendo algún cuento sobre cosas extraordinarias, y como se dará cuenta, solo estoy escribiendo esto. No, de ninguna forma le estoy tomando el pelo, yo creí, iba a oír una historia interesantísima que pondría a volar mi sumamente excitable imaginación, y luego la suya, por cierto. Pero no; heme aquí relatando esto, y he ahí usted, con su consabido olfato detectivesco, tratando de resolver el misterio.

El tipo (creo que ya habrán notado cuanto lo odio) hablaba, y creo que es todo lo que puedo decir para describirlo, puesto que lo que decía poco importaba a alguien -exceptuándolo a él- y sin embargo ÉL estaba convencido de que cualquier cosa que dijera encerraba una profunda enseñanza. Cuando me contaba, por ejemplo, acerca de las veces que le apuntaron con un arma, al ver mi total desinterés por lo que decía, iba aumentando el calibre y el tamaño del revólver para ver si su historia se volvía más interesante, lo que lograba en definitiva el efecto inverso, y si me hubiese dicho que estuvieron a punto de dispararle con una bazooka creo que me hubiera dormido en el acto. De hecho, cada vez que hacía -lo que para él era- un chiste, y luego de casi estallar en mil pedazos de tanto reírse explicaba el mismo, el cual todos habíamos entendido, para volver a estallar en una risa estentórea, pude haber lamentado que Quevedo haya escrito en Los Sueños “La visión del infierno”, pues de no ser así, soy yo el que hubiera dado una versión in situ. Es interesante señalar que desde el momento en que una persona no se respeta a sí misma, den por hecho que no respetará a nadie más.

El tiempo transcurría y yo observaba, pues, aunque este tonto no tuviera nada interesante que decir, YO sí iba a encontrar una HISTORIA. Así que en cierto momento, al darme cuenta de todo lo que le estoy señalando, exclamé: “¡La tengo! ¡Tengo la historia! ¡Ya encontré la tesis para mi cuento!”, teniendo la plena certeza de que todos ignoraban aquello que yo había visto con tanta claridad, y dando por sentado que ni en un millón de años, alguno de los “personajes” habría adivinado el pésimo ejemplo que estaría destinado -o condenado- a representar por el resto de los siglos venideros. Es más, tuve por cierto que todos pensaron que sus roles serían harto interesantes, pues, ¿no es siempre más fácil señalar los defectos de los demás que los propios?

Pero hay, sin embargo, un par de detalles que encierran cierto misterio y que sucedieron tal y como los voy a contar. En ellos tal vez nos encontremos con la verdad innegable de que el universo es un ser vivo, dotado de infinita sabiduría; y su justicia, no podemos dudarlo, es implacable. Me refiero sencillamente a un universo paralelo al que vemos con nuestros ojos, tal como si el mundo físico fuera lo exotérico, en tanto que el universo mental, mucho más sutil, constituye lo esotérico. Siempre coexisten, pero lo visible surge de lo que no se ve, y todo está gobernado por la justicia divina, o sea, de lo invisible. Puede que luego de terminar el relato aún no me crea, pero si me conoce, al menos sabrá que no miento.

El engendro -sabrán con toda seguridad de quién hablo- preguntó la hora y yo le dije que hasta hacía un minuto eran las tres (de la mañana), puesto que oí que alguien lo había dicho (creo que fue la comadreja antes de irse a dormir, pues en ese momento sólo quedábamos el sujeto, el pedante y yo). El pedante no tenía reloj ni celular, ni yo tampoco, así que dado que “él” había preguntado, y yo me digné a contestarle, él debía tomar mi respuesta por buena, o de lo contrario incurriría en una afrenta hacia mí. Pero como ustedes ya se imaginan, mi respuesta no le alcanzó, así que sacó su celular -cosa que pudo haber hecho desde el principio- y miró la hora; luego de lo cual dijo: -“Confirmación”, y me señaló. En el momento pensé que sería algún dicho popular con el que no estoy familiarizado, pero en seguida entendería que no, puesto que atendiendo a mi sorpresa por lo que acababa de decir, volvió a decirme: “eso es una confirmación”, luego de lo cual mi natural curiosidad se activó, aunque mi estado era de total confusión, pues si me hubiera hablado en chino pienso que habría captado mejor la que quería decir. No di ningún rodeo y le pregunté qué era eso que él denominaba confirmación, puesto que yo no podía atribuirle ningún significado. “Respondió” a esto preguntándome qué había pasado, o sea, quería que le describiera lo hechos desde que preguntara la hora. Yo así lo hice, señalándole al final que luego de que sacara el celular para ver la hora -siendo que yo se la había dicho antes- se le cayó el cigarrillo y se apagó. “¡Eso es confirmación!”, me dijo, o sea, un hecho que confirma otro. Fue entonces que me serví de un ejemplo para demostrar que lo había entendido “profundamente”. Pasó aún otra hora y me proponía a irme, lo cual le advertí y nos saludamos. Cuando me disponía a retirarme me detuvo una nueva pregunta del… -ya saber quién- que me inquiría acerca de por qué iba hacia arriba si yo declaré anteriormente que vivía calle abajo. Puesto que la pregunta no era del todo falta de fundamento, respondí que a esa hora prefería dar la vuelta por arriba, pues era más seguro, respuesta ésta que debió satisfacer por completo su curiosidad al punto de dejarme ir tranquilamente. Obviamente… no fue así. Volvió a cuestionarme saltándose por encima de todas las reglas de la cortesía, y yo volví a responderle por preguntas que giraban en torno a lo mismo que ya había respondido antes. Si yo debí hacérselo notar o no, discrimínelo usted cuando le cuente que al lograr finalmente evadirme de… y cuando iba cruzando la calle… ocurrió; sentí el inconfundible ruido que produce un vaso de vidrio al estrellarse contra el piso y deshacerse en mil pedazos. Enseguida acudió a mi mente, y créame cuando le digo que sin mi consentimiento, un pensamiento tan claro como -o más- si estuviera frente a mis ojos. Este pensamiento me instaba -o me gritaba- a ir corriendo a la entrada de la casa donde estuvimos hablando, y mirando al…, señalar con el dedo acusador los pedazos de vidrio esparcidos por el suelo, y decirle, cual dictando una sentencia mortal e inapelable, la palabra que lo condenaría por siempre: “¡Confirmación!”

Horacio Kiel
(Enero de 2014)

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